miércoles, 11 de enero de 2023

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Identidad indígena

La identidad indígena se instituye en la Colonia como una identidad étnica que no expresa la forma de reconocimiento del propio pueblo. Esta identidad no partió de la percepción que los reinos originarios tenían de sí mismos, sino fue una identidad asignada por las sociedades o grupos dominantes. De acuerdo con Maya Pérez (2004), la identidad étnica es una forma de clasificación que ejercen las sociedades o grupos dominantes para designar a otros. Lo étnico es:

... un tipo específico de dominación que se sustenta y argumenta sobre la base de la diferencia cultural, y que se emplea para explicar y justificar relaciones asimétricas y de subordinación sobre los grupos sociales considerados, desde el poder, como culturalmente diferentes (Pérez 2004: 1).

Según la misma autora, ningún grupo social se autodenomina como étnico, ni se autoadscribe como tal. Es el grupo dominante el que asigna una identidad clasificatoria a un grupo social para diferenciarse de él y dominarlo. Si un grupo social llega a reconocerse como etnia, o aceptar la identidad externa que lo clasifica de este modo, lo hace porque así es denominado por un grupo dominante en el ámbito social o académico. Si algún grupo se autodenomina como etnia, o acepta la heteroclasificación emitida e impuesta desde el poder, es porque ha interiorizado esa forma de clasificación social (Pérez 2004: 9).

Identidad campesina

Después de la guerra del Chaco (1933-1936), empiezan a producirse cambios importantes en la vida política del país. Esa guerra marca el fin del sistema de partidos tradicionales y la emergencia de nuevos partidos populares y de izquierda, como el Partido Obrero Revolucionario (POR), el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR) y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) entre otros. Con ellos se introduce el término "campesino" para designar a los indígenas que se caracterizan por desarrollar tareas productivas en las áreas rurales. Estos partidos inspirados en la ideología marxista al introducir el concepto de clases sociales, redefinen el carácter de la lucha de los sectores populares e indígenas frente a la oligarquía minera y terrateniente, pero también los modos de clasificación, identificación y categorización de los grupos sociales. Bajo este marco se cristaliza y desarrolla la identidad campesina.

II. Identidad aymara

La identidad de los pueblos o naciones originarias, como aymaras, es una construcción creada por los movimientos indígenas y campesinos aproximadamente desde hace 30 años. La lengua aymara, en su condición de atributo cultural, se ha constituido en identidad aymara por la acción creativa de los movimientos sociales, sobre la base de una memoria histórica y de la visualización de proyectos de revalorización cultural y desarrollo de los pueblos originarios.

En realidad "aymara" es el nombre de una lengua que hablaban los señoríos o reinos que habitaban desde 1172 en la cuenca del lago Titicaca, río Desaguadero y lago Poopó, luego de la caída del imperio de Tiwanaku (Aguirre s/f: 2). Pero, como se señaló anteriormente, este término no fue el nombre con el que estos reinos o señoríos llamaban a su lengua; ellos no supieron que su lengua se llamaba así. Es más, estos señoríos no se reconocían como aymaras, nunca supieron que se llamaban aymaras. Este nombre aparece cuando Polo de Ondegardo en 1959 denominó “aymaras” a estos reinos y señoríos. Según Aguirre, se llamó aimara —término de origen español—, al idioma cuyo nombre real era jaqi aru (jaqi = gente o humano y aru = lengua) y a aquellos que hablaban el idioma jaqi aru, quienes se llamaban a sí mismos jaqi (Aguirre s/f: 18).

De acuerdo con Martha James Hardman (1988), la lengua aymara es miembro de la familia lingüística llamada jaqi. Hoy en día se hablan tres lenguas de esta familia en los Andes: el jaqaru, el kawki y el aymara (1988: 162). La lengua aymara es el jaqi aru, la lengua humana (Hardman 1988: 163). Etimológicamente, se ha mostrado que aymara hace referencia a jaqaru o jaqi aru. Sin embargo, la misma autora no tiene certeza sobre el origen de la palabra aymara.

Al referirse al origen de los aymaraes y quechuas, Simón Mampara (2001) afirma: ...

sabemos que venimos de más allá de los tiwanakutas e inkas, aymara quiere decir que venimos del purumpacha (tiempos de la oscuridad, que está en la profundidad de la pacha). Es decir, históricamente venimos de muy lejos, de jayamara (2001: 109).

Los antecesores de los actuales aymaraes vienen de tiempos muy remotos o lejanos, el aymara es jayamar jaqi —gente de tiempos muy lejanos—. De igual forma, la lengua de estos seres de tiempos lejanos es llamada jayamar aru —lengua de los tiempos remotos— (Alvi, 1995), o jayamar jaqi aru —lengua de los hombres de tiempos lejanos—. Posiblemente con estas deducciones y con la información lingüística recogida en 1559 sobre el Kullasuyu, Polo de Ondegardo llamó aymaraes a la gente (jaqi) de los señoríos o reinos de la región. En realidad “aimara” es una castellanización de jayamar aru, un nombre español que alude al jaqi aru (lengua humana). Este nombre con el que Polo Ondegardo designó a los indígenas que hablaban el jaqi aru es una heterodesignación, un reconocimiento que hace que el aymara aparezca como una identidad designada.

Sin embargo, el jaqi aru, hoy conocido como lengua aymara, fue un atributo cultural, un rasgo que caracterizó a los indígenas. Los levantamientos de Tupak Katari en La Paz (1781) y de Tomás Katari en Potosí, la lucha por la reivindicación de las tierras y de las comunidades, por la supresión de la explotación y la liberación de los indígenas, significaron también la defensa de los valores y las costumbres, la defensa y reivindicación del jaqi aru, (lengua aymara) en tanto rasgo o atributo cultural. Durante la República, el levantamiento de Zárate Willca (1899), la lucha legal de los caciques apoderados (1912-1939) por la reivindicación de las tierras, llevaron a observar y apreciar los propios valores, a plantearse el problema de la educación y la propia lengua. Las gestiones para instalar escuelas rurales, iniciadas en 1912, llevaron a la necesidad de pedir al gobierno una educación con maestros indígenas, por un lado, para que les enseñara bien y, por otro, para que lo hicieran a través del aymara. La educación indígena iniciada por gobiernos liberales, cuyo objetivo era castellanizar al indio, generó reacciones ambivalentes hacia la propia lengua, y llevó a apreciar la lengua castellana como instrumento de conocimiento, supervivencia y movilidad social. La lucha del "Centro Bartolomé de Las Casas" (1930) y de la "Sociedad República del Qullasuyu" (1929) además de estar orientada —según Ramón Conde— a la alfabetización e instrucción de los indios, también procuró la defensa de los derechos comunitarios y la recuperación de las tierras (Conde 1992: 114). Sin duda, entre 1919 y 1952, la afirmación sobre las propias tierras, y el saber leer y escribir, fueron aspectos importantes en la reivindicación de la identidad de los indígenas. En este proceso, el aymara es considerado como una lengua, un rasgo cultural que caracteriza a los indígenas.

En 1930, un momento histórico en la reafirmación lingüística, la lengua aymara fue valorada pública e institucionalmente por la Sociedad República del Qullasuyu como lengua indígena:

La República de Bolivia está dividida en nueve departamentos, que son: Chuquisaca, La Paz. Cochabamba, Potosí, Oruro, Santa Cruz, Tarija, Beni y el Litoral. Todos los bolivianos obedecemos para conservar la libertad. Los idiomas aimara y quechua, habla la raza indígena, el castellano, lo hablan las razas blanca y mestiza, todos son nuestros hermanos (Nina Quispe, 1933: 5, en: Choque 1996: 174).

El aymara, en tanto lengua que caracteriza a la identidad indígena, era considerada y practicada entonces como una lengua de habla cotidiana entre los indígenas y no como una lengua de integración o de educación orientada a la civilización.

En 1955 las lenguas nativas fueron reconocidas y consideradas como medios efectivos para la alfabetización de los indígenas. En el Código de la Educación Boliviana, aprobado el 20 de enero de 1955, se reconoció la importancia de las lenguas nativas en los siguientes términos.

Artículo 115.- La acción alfabetizadora se hará en las zonas donde predominen las lenguas vernáculas, utilizando el idioma nativo como vehículo para el inmediato aprendizaje del castellano como factor necesario de integración lingüística nacional (Serrano 1968: 30, en Choque 1996: 170).

Para el gobierno de la Revolución Nacional (MNR 1952-1964) y el de los militares (1964-1978), el aymara era una lengua de los campesinos, una lengua que se empleaba para fortalecer la identidad nacional.

Con el nacimiento –a principio de la década de los 70– del movimiento indígena "katarista"6 se inicia una etapa importante en la construcción de la identidad aymara. Con la recuperación y revalorización de la historia de los indígenas, de la memoria cultural —con la emergencia de líderes indígenas como Tupan Katar (1781), de Zárate JICA (1899) y con la revalorización de la lengua aymara, como símbolos culturales—, se empezó a construir un proyecto de liberación de los indígenas y de reorganización de las comunidades.

En este proceso de afirmación de la identidad indígena, se tiende a especificar lo propio de los indígenas de lengua aymara, quechua o de las tierras bajas. La lengua se convierte en un referente que marca la diferencia entre los indígenas aymaraes, quechuas y urus. A partir de los sentidos de la identidad compuesta indígena-campesina se configura la identidad aymara.

El Primer Manifiesto de Tiwanaku (1973) constituye un documento donde la identidad aymara se visualiza, adquiere sentido en un contexto donde se significa a la identidad campesina e indígena. En los siguientes textos se aprecia una diversidad de sentidos en torno a la identidad indígena, campesina y aymara. Se puede observar una ambivalencia en el reconocimiento de la identidad, la presencia de una identidad compuesta (superpuesta) de múltiples identidades o la figura de una identidad con varias definiciones:

Nosotros, los campesinos quechuas y aymaras lo mismo que los de otras culturas autóctonas del país... (Primer Manifiesto Tihuanaco, 1973: 1).

Pedimos colaboración a la iglesia católica y evangélica a que nos "colaboren en este gran ideal de liberación de nuestro pueblo aymara y quechua. Queremos vivir íntegramente nuestros valores sin despreciar en lo más mínimo la riqueza cultural de otros pueblos (Ibíd., 1973: 8).

Estas dos expresiones muestran que entre la identidad campesina e indígena se señala la especificidad cultural del pueblo aymara y quechua. Se muestra que la lengua aymara, además de ser una cualidad cultural, es un criterio de definición y reconocimiento de la identidad.

Para Xavier Albó (1988) y Carlos Mamani (2001), la primera afirmación de la identidad aymara se hace pública en 1976. En el Semanario de Última Hora —el 4 de junio de 1976—, Juan Condori Urichi afirma su identidad en los siguientes términos:

Actualmente nos llaman campesinos; y los que somos aymaras obreros, mineros, profesionales, estudiantes e intelectuales, hemos sido despojados de nuestra personalidad de pueblo aymara (en: Albó 1988: 34).

En esta afirmación se aprecia el reconocimiento de sí mismo bajo la forma de una identidad compuesta "nosotros los campesinos aymaras". Esto muestra el paso que da lo aymara desde su condición de lengua a la condición de nombre de la identidad de un pueblo. El aymara pasa de ser sólo un rasgo o atributo cultural particular, a ser la imagen general de un pueblo, un concepto universal. En este proceso de construcción, lo aymara no sólo se refiere al modo de hablar o de comunicarse a través de una lengua, sino que caracteriza la personalidad de un sujeto, de un pueblo, el modo de ser de una comunidad o nación.

Transcurrieron 417 años para que la identidad aymara pasara de un reconocimiento heterodesignado —por Polo de Ondegardo en 1559—, a una afirmación autodesignada —por Juan Condori en 1976—. Esta autoidentificación aymara se dio en un contexto donde las condiciones discursivas ya se perfilaron desde 1971 con la fundación del "Centro Campesino Tupaj Katari de Bolivia", con la gestación del movimiento "katarista" y con las propias organizaciones campesinas. En el Segundo Manifiesto de Tiwanaku (1977), la identidad indígena e identidad aymara se visualizan como equivalentes, con un escaso sentido propio. En una primera parte, este documento alude a la identidad aymara y quechua:

Al recordarse un año más el día del indio, el Centro Campesino Tupaj Katari de Bolivia, una organización auténticamente aymara-quechua que responde a las aspiraciones de estos pueblos (...) —y más adelante sigue— los aymaraes y quechuas no nos guiamos por una política utilitarista y acomodaticia, sino por una filosofía profunda y ancestral (Segundo Manifiesto Tihuanaco, 1977:1).

Pero en la parte final de este mismo documento se alude a la identidad campesina:

El Centro Campesino Tupaj Katari es una organización



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